Docencia con corazón y cerebro

En marzo del 2018 publicaba en la revista Forum un artículo sobre el que iba a ser mi próximo libro: Con corazón y cerebro. A un mes vista de la publicación del libro, transcribo aquí el contenido de ese artículo que extraía algunas ideas y fragmentos del libro para justificar que las competencias didácticas, comunicativas, organizativas y científicas, que el mundo actual demanda a la profesión docente, valen de bien poco si no se enraízan en una equilibrada inteligencia emocional construida sobre la base de las inteligencias intrapersonal e interpersonal. Lo que también adelanto es que cuando pienso en el alumnado la conclusión se antoja muy similar.

Qué necesita aprender nuestro alumnado, y cuál es la mejor forma de aprenderlo para enseñarlo así, sigue siendo el gran debate de la Educación que nos llevaría a la cuestión de qué competencias precisa hoy el docente para enseñar, de la manera más eficiente y natural, a los alumnos de este nuevo siglo. Lo que hoy sí parece claro es que por encima de los programas y asignaturas están las necesidades del alumnado (como discente, persona y ciudadano) y que son los procesos de aprendizaje los que deben decidir los de enseñanza, y no a la inversa.

“son los procesos de aprendizaje los que deben decidir los de enseñanza, y no a la inversa “

En un mundo caracterizado por el cambio constante, la globalización, la interculturalidad, los avances tecnológicos, la investigación transdisciplinar, el auge de la economía basada en el conocimiento, la devastación creciente de los recursos del planeta y las desigualdades sociales y culturales, la escuela precisa replantear sus objetivos y formas de trabajo para responder a las demandas de tal complejidad. Se renuevan los saberes y, a la luz de los avances científicos, se ponen en tela de juicio creencias y paradigmas aparentemente incuestionables. Según el científico, y premio Príncipe de Asturias, Pedro Echenique, el conocimiento tecnológico se duplicaba en el 2008 cada dos años; el neurocientífico francés Idriss Aberkane (2017), subraya que el conocimiento disponible por la humanidad se duplica actualmente cada siete años… No entro ahora en si eso es positivo o negativo para el aprendizaje; es lo que hay y habrá que pensar cómo gestionarlo.

Educar para la incertidumbre, como nos anticipó ya Morín (1999), no es ahora una mera opción sino una necesidad a la que no es preciso, ni conveniente, enfrentarse con la pizarra limpia. Lo que veníamos haciendo, las teorías socio-constructivistas que se empezaran a impulsar en los años 90 en España, se consolidan, al momento actual de los avances de las ciencias del aprendizaje y la neurociencia, como un buen punto de partida para incorporar otros planteamientos didácticos ligados a las metodologías activas que aprovechan los conocimientos sobre cómo los alumnos aprenden mejor y qué es lo que el ser humano necesita ahora aprender.

Desde esta perspectiva, y con la cantidad de información disponible actualmente a un solo golpe de clic, se nos antoja arduo vaticinar qué conocimientos y saberes necesitará nuestro alumnado en su vida adulta; lo que sí intuimos es que, en ese futuro y ahora, van a precisar los que ya se viene señalando como los retos de la educación del siglo XXI: aprender a cooperar, aprender a comunicar, aprender a pensar con destreza y aprender a ser y estar.

Aprender a cooperar nos dirige hacia el aprendizaje cooperativo, a asumir responsabilidades, a trabajar en equipos cohesionados y eficientes aprovechando la naturaleza social del cerebro y del aprendizaje. Aprender a comunicar refiere a la comprensión y expresión oral y escrita, pero también a la comunicarse con otros variados formatos icónicos, plásticos, artísticos o corporales y en situaciones múltiples aprovechando los recursos tecnológicos, con confianza en uno mismo, escuchando activamente… Aprender a pensar con destreza orienta el desarrollo cognitivo y el aprendizaje hacia procesos mentales superiores como la toma de decisiones, la resolución de problemas, el pensamiento crítico y creativo o las habilidades meta-cognitivas. Y aprender a ser y estar contempla el valor del corazón, de la educación emocional, para el aprendizaje, el desarrollo sano de la personalidad y la vida en común, apoyando la mejora de las habilidades sociales y los valores propios de la convivencia.

“los retos de la educación del siglo XXI: aprender a cooperar, aprender a comunicar, aprender a pensar con destreza y aprender a ser y estar”

El corazón, o el co-razón, nos habla justamente de eso, del que va al lado de la razón, el que la acompaña necesariamente, porque si la educación se focaliza solo en la cognitivo se deshumaniza y degenera. Las tres ces, corazón, cerebro y cuerpo, además en continua relación con los otros, interactúan equilibradamente en el aprendizaje y la vida al sentir, pensar y actuar, anticipando la necesidad de un modelo de pedagogía del equilibrio entre las distintas, pero simbióticas, facetas del ser humano.

La envergadura y la celeridad de las transformaciones del mundo actual pueden llegar a ser abrumadoras para el docente que intenta mantenerse al día y desanclarse de los usos tradicionales. Pero como decía en esta misma revista hace unos años, “el profesorado no puede ni tiene porqué asumir ese rotundo cambio en soledad. La formación del profesorado promovida desde la administración educativa, y otras entidades, ha de servir de bálsamo que alivie la ansiedad ante el cambio, de fuente de nuevos aprendizajes y recursos, de estímulo a la ilusión” (Pinos, 2012).

John Kennedy Toole escribió La conjura de los necios, un libro extraordinario que no consiguió editar; frustrado, el escritor se suicidó en 1969, a los 32 años. ¿Cuánto debe perseverar una persona para conseguir su sueño? Quién sabe…; quizá, aunque pueda parecer una eternidad, Kennedy con 44, podría haber disfrutado el éxito inmenso que supuso su libro tras su publicación en 1980, y el premio Pulitzer que obtuvo al año siguiente. Fue su madre, la que sí creyó en su sueño y siguió intentando la publicación de la obra. Ya con 79 años de edad consiguió que el libro fuera impreso en una pequeña editorial universitaria. Contra todo pronóstico, el libro alcanzó un éxito de difusión y crítica sin precedentes consagrando a su autor como uno de los mejores escritores del pasado siglo, y a su madre como paradigma de la perseverancia.

¿Con cuántos tropiezos desistimos los docentes, cuántas frustraciones necesitamos para regresar a nuestra zona de confort…? Y aun así, lo que sí se percibe claramente desde la red de formación es que el profesorado, aun colmado por la interminable lista de quehaceres a los que nos enfrentamos a diario, queremos seguir aprendiendo. No son ganas lo que nos falta (hay tanto por aprender…) sino tiempo.

La investigación y las experiencias educativas van asentando principios, métodos y recursos didácticos que buscan responder al reto de aprender a lo largo de la vida en la sociedad de la tecnología y el conocimiento. A día de hoy disponemos de un nutrido elenco de metodologías activas que funcionan y que se ven robustecidas por las aportaciones de la neuroeducación y la educación emocional. Su conocimiento y dominio práctico deberían constituir ya hoy parte del bagaje competencial del nuevo docente. Repasaré brevemente algunos de estos valiosos recursos.

“si la educación se focaliza solo en la cognitivo se deshumaniza y degenera”

– La neurociencia ha confirmado o desmentido la utilidad de ciertas prácticas educativas. Hoy sabemos la importancia del movimiento, del juego y de la práctica de actividad física sobre el desarrollo de las capacidades cognitivas, sociales y emocionales al incidir  sobre la plasticidad cerebral, el aumento de sinápsis neuronales (conexiones nerviosas), de la vascularización del cerebro y de la neurogénesis (Mora, 2013). La investigación del cerebro ha reafirmado la vinculación entre emoción y cognición. Mientras que las reacciones emocionales desagradables perturban las conexiones entre el cerebro cortical, o racional, y el límbico, o emocional, afectando negativamente al aprendizaje o a las relaciones sociales, otras emociones agradables como la curiosidad, la admiración y la seguridad, facilitan el aprendizaje (Aguado, 2014). Sabemos del papel clave de la atención en el aprendizaje y qué emociones y recursos ayudan a activarla. La naturaleza social del cerebro y del aprendizaje ha sido confirmada y ampliamente estudiada por neurocientíficos como Bueno (2017). Y sabemos, por citar un solo ejemplo más, el papel de las neuronas espejo en el aprendizaje por modelaje.

– Si alguna duda quedara respecto al papel de la emoción como catalizador del aprendizaje, demos algún crédito a Eduardo Punset[1] cuando nos dice que la ciencia constata que en el éxito futuro de los adultos el aprendizaje emocional es prioritario sobre el académico, e incluso sobre la tan relevante educación en valores. Es difícil aventurar el peso de estos factores en la vida pero lo que sí asumiría es que, como dicen Caruso y Salovey (2013): “la inteligencia emocional no es lo contrario de la inteligencia, no es el triunfo del corazón sobre la cabeza. Es la única intersección de ambas”. Seguramente, de las muchas propuestas existentes para la incorporación al aula de la educación emocional, el modelo VEC, Vinculación Emocional Consciente, y sus diez emociones básicas, de Aguado (2014) es en estos momentos, desde mi punto de vista, la propuesta más fundamentada científicamente.

– Otro de los grandes recursos del que hoy disponemos es la línea metodológica del aprendizaje basado en el pensamiento (TBL, Teaching Based Learning). Como expresa su creador, el Dr. Swartz (2013), una de las personalidades más influyentes a nivel mundial en educación, en el TBL se infusiona el aprendizaje del pensamiento con el aprendizaje de los contenidos curriculares. El objetivo es enseñar a comprender y pensar de una forma eficaz y competente usando como soporte los contenidos académicos, de forma que a la vez que el alumnado va aprendiendo éstos aprende también a comparar con destreza, a resolver problemas con eficacia, a tomar buenas decisiones argumentadas, etc. El contenido al servicio del pensamiento y éste al servicio del aprendizaje.

– David Johnson[2], uno de los grandes pioneros a nivel mundial del aprendizaje cooperativo, nos decía hace bien poco que “Si las escuelas promueven la cultura de ser el número uno, a la vez están animando a esos mismos alumnos a desalentar y obstruir los esfuerzos de los otros.”  La antítesis de una escuela inclusiva.  En el reverso de esta visión de la vida y la escuela basada en el enfrentamiento o la exclusión, el trabajo cooperativo persigue que el alumnado interactúe positivamente entre sí, sin oponerse a nadie, para resolver problemas, aprender y alcanzar objetivos comunes.

Llevada la cooperación al terreno del profesorado, como seres sociales que somos y desde la certeza de que hace falta toda la tribu para educar a un niño, no debería contentarme con mejorar individualmente mis competencias profesionales o mi metodología. Solo sintiendo, pensando y actuando (además en ese orden) como claustro y comunidad educativa, desde un proyecto común, podremos llegar a establecer procedimientos consensuados de trabajo que den respuesta a las finalidades definidas y asumidas por el centro.  

– El Aprendizaje Basado en Proyectos aparece como una metodología activa colmada de posibilidades educativas porque se basa en una propuesta didáctica globalizada en la que las tareas y actividades se orientan a la realización de una producción final, haciendo uso de la cooperación y el reto, conectando con situaciones reales y los intereses del alumnado. En el fondo un proyecto lo que busca en contextualizar e integrar los conocimientos para convertirlos en saberes que se aplican y sean transferibles para seguir aprendiendo a lo largo de la vida. Y desde una perspectiva más amplia, multidimensional, también para seguir aprendiendo a lo ancho de la vida (en contextos formales e informales) y a lo profundo de la vida, desde la búsqueda de una comprensión intensa de la realidad que evite los conocimientos superficiales.

– Debemos reconocer que actualmente los apoyos tecnológicos actúan simbióticamente con muchos de nuestros procesos cognitivos de forma que buscamos en dispositivos externos a nuestro cerebro (móvil, ordenador…), información o herramientas (calculadora, editores, generadores de mapas o gráficos, plataformas de trabajo compartido…) que amplifican cuantitativa y cualitativamente nuestra memoria y capacidad de aprendizaje (Pozo, 2016). Solo desde la creencia de que el aprendizaje es un proceso confinado entre los huesos del cráneo se entiende el destierro de estos apoyos externos en el contexto de clase. Si como nos recuerda Pozo (2016), el profesorado usa internet, libros, recursos web, para preparar sus clases, ¿por qué no los puede usar el alumnado, incluso el día del examen?, ¿tememos que copie? Y si es así ¿el problema no será que lo que le pedimos es que meramente repita información, en lugar de que la procese, relacione, explique, aplique, valore…, demostrando así que es capaz de construir conocimiento?

– Si toda decisión metodológica lleva implícita una decisión de evaluación, lo cual parece bastante lógico si admitimos que lo justo sería enseñar y evaluar de la misma manera, parece incuestionable que la evaluación crea realidad. “Sobre el axioma la evaluación crea realidad se fragua uno de los componentes de mayor potencial tanto en la innovación docente como en el conjunto de la praxis educativa” (Sabirón et al. 2011, p. 2), porque el alumno acaba estudiando según cómo se le evalúa.

Que el proceso de evaluación afecta al aprendizaje del alumnado, a su rendimiento, motivación e incluso desarrollo afectivo ha sido puesto de manifiesto por un buen número de investigaciones (Martínez e Hidalgo, 2013), pero para lo bueno y para lo malo; de ahí que la mejora de la evaluación, como parte sustancial del proceso de enseñanza y, sobre todo, de aprendizaje, sea también una cuestión tan relevante como el cambio metodológico.

Con los pies asentados en el presente, me gustaría concluir con una mirada agradecida a un par de frescas ideas del pasado. El pedagogo de la Institución Libre de Enseñanza, Manuel Bartolomé Cossio[3], decía a principios del siglo XX que “a hacer, solo se aprende haciendo, y a indagar y pensar, que es un hacer fundamental, pensando, no pasivamente leyendo, ni contemplativamente escuchando.” Creo que no solo reflexionaba sobre el alumnado sino también sobre nosotros, por eso para afrontar los retos de la escuela del siglo XXI solo podemos aprender haciendo. Si queremos aprender a enseñar de forma cooperativa o por proyectos apliquemos en nuestras aulas el aprendizaje cooperativo o el aprendizaje basado en proyectos. Si como nos dice la investigación, sin emoción no hay aprendizaje, y queremos ser y educar personas emocionalmente equilibradas y flexibles, demos entrada a la educación emocional; no hay otro camino, ni para el alumnado ni para nosotros.

Y como dijo nuestro ilustre paisano Santiago Ramón y Cajal: “Es preciso sacudir enérgicamente el bosque de las neuronas cerebrales adormecidas; es menester hacerlas vibrar con la emoción de lo nuevo e infundirles nobles y elevadas inquietudes.” E insisto, no creo que pensara solo en los niños y niñas.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Aberkane, I. (2017). Libera tu cerebro. Barcelona: Planeta.

Aguado, R. (2014). Es emocionante saber emocionarse. Madrid: Eos.

Bisquerra, R. (Coord.) et al. (2011) ¿Cómo educar las emociones? La inteligencia emocional en la infancia y la adolescencia. Esplugues de Llobregat: Hospital Sant Joan de Déu. Recuperado de: http://www.faroshsjd.net.

Bueno, D. (2017). Neurociència per educadors. Barcelona: Associació de Mestres Rosa Sensat.

Caruso, D. y Salovey, P. (2013). El directivo emocionalmente inteligente. Madrid: Edaf.

Martínez, C. A. y Hidalgo, N. (2013). ¿Cómo evalúan los docentes españoles? Estudio multinivel sobre el impacto de las estrategias de evaluación sobre el rendimiento académico. En Investigación e Innovación Educativa al Servicio de Instituciones y Comunidades Globales, Plurales y Diversas. Actas del XVI Congreso Nacional / II Internacional Modelos de Investigación Educativa de la Asociación Interuniversitaria de Investigación Pedagógica. Alicante, 4-6 de septiembre, pp. 812-819. Recuperado de: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4384204

Mora, F. (2013). Neuroeducación: sólo se puede aprender aquello que se ama. Madrid: Alianza Editorial.

Morín, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. París: UNESCO.

Pinos, M. (2012). Enseñar es aprender dos veces. Forum Aragón. Nº 6, 11-14

Pozo, J. I. (2016). Aprender en tiempos revueltos. La nueva ciencia del aprendizaje. Madrid: Alianza Editorial.

Robinson, K. (2010). El elemento. Descubrir tu pasión lo cambia todo. Barcelona: Debolsillo.

Sabirón, S., Arraiz, A., Berbegal, A. y Cano, J. (2011). (coords.). Evaluando nuestra evaluación: la evaluación crea realidad. En Paricio, J., Allueva, A. I., Agustín, M. C. y Cruz, F. (coords.). Experiencias de innovación e investigación en el nuevo contexto universitario,  pp. 255-276. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza. Recuperado de: http://socioconstructivismo.unizar.es/wp-content/uploads/2010/07/libroinnova-sabiron-et-al.pdf

Swartz, R. J., Costa, A.L., Beyer, B. K., Reagan, R. y Kallick, B. (2013). El aprendizaje basado en el pensamiento. Madrid: SM.


[1] En el prólogo de Bisquerra (Coord.) et al (2011).

[2] Johnson, D. 3/10/2017. Entrevista en el País Digital: https://elpais.com/economia/2017/10/02/actualidad/1506942650_496359.html

[3] Cossio, M. B. (1906). El maestro, la escuela y el material de enseñanza. Madrid: Museo Pedagógico Nacional.