La niña valiente que solo tenía un diente

Para padres/madres y docentes… ¡Cómo sacar un poco más de partido al cuento!

Portada del álbum

Un cuento sobre el miedo, y otras emociones. Un cuento emocionante para leer junto con tus hijos-as o tu alumnado, que despertará su admiración, curiosidad, sorpresa, alegría y seguridad para ayudarle a reflexionar y entender sus propios miedos.

La protagonista se nos presenta como una niña admirable que no tiene miedo ante lo que haría temblar o huir al más pintado. ¿Quién no querría tener su tranquilidad y aplomo en todas esas situaciones? Cuando queremos ser como alguien, o imitarlo, es porque lo admiramos.

¿Cómo es posible que no tenga miedo a nada?, ¿de verdad no sientes curiosidad por saberlo? El cuento te invita a descubrir, observando detenidamente cada ilustración, el nuevo personaje que aparecerá al dar la vuelta a la página. Siempre hay una pequeña pista, ¿te atreves con este reto? Cuando se despierta la curiosidad brota el interés…, y te aventuras. Anima al pequeño lector a que acepte el reto porque desde el modelo de álbum gráfico, en este cuento la imagen cuenta tanto como el texto. Y siguiendo en esa línea: ¿será capaz el lector de averiguar el nombre de la niña? El color del texto de la pregunta ya da una ligera pista. Para descubrir el nombre habrá que cerrar el cuento y volver al principio. Con la primera letra de cada una de las páginas el niño hallará el nombre de esta valiente.

El último personaje surge por sorpresa dando un giro inesperado al cuento y un toque divertido que nos hará sonreír. Tras esa pequeña muestra de alegría, la niña valiente aporta un sólido mensaje para entender que todas las personas sentimos miedo ante ciertas situaciones y en determinados momentos; que hasta quienes son más valientes sienten miedo y su valor reside en que son capaces de aceptarlo y tomar medidas para afrontarlo y actuar (a veces huyendo a toda prisa). Desde la seguridad que le aporta al niño comprender que sentir miedo es natural y sano, podemos ya preguntarle: ¿y tú a qué tienes miedo?, o incluso ¿ese miedo que sientes a… te ayuda o no hace más que fastidiarte? También para poder jugar con ellos si no son pertinentes.

Sentir miedo en natural y sano porque cuando el miedo es pertinente nos hace más precavidos, nos protege.

Walt Disney, el creador de Micky Mouse, tenía miedo a los ratones. Hagamos como él e invitemos al niño a dibujar caricaturas de sus miedos más irracionales para que pueda reirse de lo que le asusta. O como Harry Potter, usemos el hechizo Riddikulus. Para este encantamiento lo primero es reconocer aquello que más tememos y visualizarlo en algo gracioso o divertido. Luego lo llevamos al papel para pintarlo con lo que el miedo será derrotado por la risa. Luego arrugar la hoja, formar una pelota y usarla para jugar al tenis, patearla… y, finalmente, arrojarla al contenedor de reciclaje de papel para que no vuelva más.

Como emoción genética que es, el miedo tiene una función adaptativa, está ahí para ayudarnos a sobrevivir ante peligros reales, pero, a veces, la cosa se complica cuando percibimos como real lo que no es… El miedo es una emoción intensa y desagradable que nos anuncia de la existencia de un peligro, real o imaginario, que no nos sentimos capaces de afrontar. Brota cuando la noradrenalina riega ciertas zonas límbicas, como las amígdalas, que se activan ante lo que estimamos como un peligro movilizándonos a huir o evitar. La noradrenalina trasladará sangre desde los órganos internos hacia las extremidades y subirá el ritmo cardiaco y respiratorio para facilitar la huida, concentrándose esa sangre en el interior de los músculos para sangrar menos en caso de sufrir una herida o una mordedura (por eso cuando tenemos miedo la piel se muestra pálida y blanquecina o podemos tener sensación de frío).

Entender que un miedo determinado nos está protegiendo cambia la percepción del mismo ya que lo convierte en un aliado y no un enemigo.

Miedos genéticos parece ser que hay pocos. De recién nacidos mostramos miedo al abandono, a la caída al vacío (reflejo de Moro) o ante ruidos o estímulos sensoriales impactantes. Entre los 5 y 6 años se mantiene el miedo a separarse de los padres (a estar solo casa o en el bosque, como la niña valiente), a la oscuridad, a los monstruos y a algunos animales; son frecuentes el miedo a la enfermedad o la muerte. De los 7 a los 8 años su todavía exacerbada fantasía mantiene el miedo a seres sobrenaturales que empieza a convivir con el miedo a hacer el ridículo. Todos estos son miedos normales asociados a la edad y tienden a desaparecer pos si solos. Cada edad tiene unos miedos característicos que es conveniente verbalizar y afrontar desde la racionalidad, y desde la normalidad, para ver si realmente ese miedo es útil, y por tanto nos protege.

Entender que un miedo determinado nos está protegiendo cambia la percepción del mismo ya que lo convierte en un aliado y no un enemigo. De la misma manera, comprender y aceptar que un miedo no es pertinente porque no hay amenaza real alguna, nos ayudará a gestionarlo para que vaya diluyéndose.  Ver la diferencia entre unos y otros miedos es importante porque los que no te protegen la vida, te la complican. El miedo que no te protege te anula o te paraliza.

Que la niña valiente no sienta miedo ante la momia, el ogro, el vampiro, el dragón…, podemos justificarlo en que no son seres reales sino de los cuentos, pero nuestros miedos atávicos deberían hacerle retroceder ante la serpiente o la araña. Que nuestra valiente protagonista no muestre temor alguno ante ellas debería ser motivo de reflexión con el pequeño lector, porque en la vida real su falta de miedo sería una peligrosa temeridad. En el colegio, en la familia, en el trabajo, no hay héroes ni cobardes. Hay grandes personas con más o menos recursos para enfrentarse a determinadas situaciones. Verlo así hace más amable y tolerante la convivencia.

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