“No se han cerrado las escuelas” y 7 ideas más para el debate

No se han cerrado las escuelas, sino los edificios escolares. La escuela es algo más que las aulas físicas y sigue abierta, pero ha traslado sus actividades educativas de los centros a los hogares del alumnado, y del profesorado. Un reto sin precedentes para toda la comunidad educativa.

La situación de confinamiento domiciliario obliga a repensar dos de las preocupaciones básicas de la educación: cómo podemos garantizar el aprendizaje del alumnado y su bienestar personal. Quien pretenda desligar ambos fines chocará de bruces con la realidad de que sin un adecuado estado emocional ni se puede aprender, ni se puede enseñar.

Cuanto menos, parece preocupante que buena parte del foco de atención mediático no se esté posicionando en el aprendizaje del alumnado y su bienestar sino en cómo determinar su calificación final y las consecuentes decisiones sobre su promoción, como se trasluce en las aportaciones del propio Consejo Escolar del Estado, o incluso de algunas administraciones y asociaciones docentes o de familias. Desde algunas perspectivas, en un intento de dar normalidad a una situación, que nada tiene de normal, parece que el objetivo principal ha de ser avanzar con el nuevo modelo de formación no presencial en el proceso de enseñanza y aprendizaje articulado en el currículo oficial y, por supuesto, implementar un proceso de evaluación que pueda determinar la superación del curso y la promoción.

“La calificación, al condicionar normativamente la promoción y la titulación, parece que está usurpando la finalidad de la evaluación”

El pequeño problema con el que nos topamos es que la formación presencial y a distancia no son equivalentes, y que en ésta última se acentúan todavía más las desigualdades por cuestiones personales, familiares, socioeconómicas, territoriales, tecnológicas o de conectividad. No todo el alumnado tiene acceso a los mismos medios tecnológicos y recursos, o cuenta con los mismos apoyos en el hogar o está disfrutando/padeciendo situaciones vitales equiparables. Si presencialmente ya resulta complejo compensar estos desequilibrios, lo es más en un modelo no presencial que agudiza la brecha digital, social y educativa. Pero quiero ser más concreto y plantear 7 ideas pensando en las necesidades del alumnado y en la carga que estás asumiendo el profesorado y las familias:

1. Asumiendo la complejidad e incertidumbre que nos toca vivir, proponer al alumnado una carga de trabajo sensata evitando la ansiedad y el estrés. No sería razonable pretender trasladar el horario habitual de clase y todos los aprendizajes que estaban previstos para desarrollarse antes de la crisis sanitaria a los hogares, sin que ello derive en una saturación que aboque a la desconexión en lugar del aprendizaje.

2. Seleccionar los aprendizajes para centrarnos en los más importantes y marcar los plazos de trabajo y entrega con flexibilidad. Prescindir de lo accesorio o de lo que, por su complejidad, necesitaría de nuestro acompañamiento presencial o de la interacción física con sus iguales. Recordemos que no estamos a su lado para ayudarles y que el apoyo que les damos no es inmediato. Huir de los ejercicios o problemas puramente mecánicos y repetitivos.

3. Facilitar recursos tecnológicos y didácticos variados, contrastados y precisos que apoyen el aprendizaje, que fomenten la creatividad y el pensamiento crítico; que les inviten, en lo posible, a colaborar con otras personas. Y contemplando el principio del diseño universal del aprendizaje, habrá que tener presente las posibilidades individuales, su situación personal y sus recursos para que les lleguen a cada cual por la vía que tengan disponible. 

4. En una situación extraordinaria como esta, las emociones están a flor de piel y las competencias emocionales son más necesarias que nunca para no dejarse arrastrar por la ansiedad, el miedo o la tristeza. También para permitir que el alumnado, y el profesorado, puedan pensar con claridad, planificar, resolver problemas o tomar decisiones acertadas; en definitiva, puedan aprender y enseñar. Promover emociones agradables (curiosidad, admiración, seguridad, alegría, afecto…) respetando el tiempo de ocio, animándoles a que hagan actividad física y jueguen, a que se relacionen con el resto de la familia y sus amigos-as (de forma regulada a través de las redes sociales), a que se relajen, lean por placer, duerman lo suficiente…, es tan importante para que el cerebro esté en condiciones de aprender como las tareas y actividades académicas que les podemos mandar.

5. La calificación, al condicionar normativamente la promoción y la titulación, parece que está usurpando la finalidad de la evaluación, cuando es una mera consecuencia de la misma. La verdadera finalidad de la evaluación reside en su potencial para ayudar a mejorar la realidad evaluada: el aprendizaje del alumnado y los procesos de enseñanza. Poner el acento en la calificación es dar la espalda a la realidad de la brecha digital y pretender que la evaluación en el periodo telemático puede tener la misma validez y efectos que en la enseñanza presencial; y eso no es así.

Retroalimentemos positivamente su trabajo, interés y esfuerzo para estimular la mentalidad de crecimiento; evitemos las etiquetas descalificadoras y recurramos al “todavía no”, como fórmula para mantener sus expectativas abiertas. En la situación que vivimos, la evaluación formadora (para el aprendizaje), la autoevaluación y la coevaluación son más importantes que la calificación.

6. Este curso, en la evaluación final del alumnado, junto a la valoración de lo realizado durante el periodo presencial (los dos primeros trimestres del curso), podrían estimarse también los procesos y las evidencias de aprendizaje de este periodo no presencial, y ser tenidos en cuenta siempre y cuando puedan sumar, y no restar, en esa valoración final.

7. A pesar de la evidencia de la excepcionalidad de la crisis, de la brecha real entre el alumnado, de la incapacidad del sistema para garantizar la igualdad de oportunidades, parece que la promoción directa no encajaba en las previsiones del Consejo Escolar del Estado, o algunas autonomías, por el riesgo de “relajar la tensión educativa”. ¿Qué hay de negativo es relajar?, ¿atenta contra la excelencia? El éxito solo es inclusivo si está al alcance de todos y ahora, menos que nunca, eso lo podemos garantizar.

“La repetición de curso ha demostrado que no es la solución para la mejora educativa, ¿por qué habría de serla ahora?”

En cualquier caso, creo que la mesa sectorial de educación en la que ministerio y consejerías han decidió cómo afrontar este final de curso, acierta al aconsejar la promoción generalizada del alumnado (que no significa aprobado general). Acierta al plantear que es imprescindible limitar estrictamente los casos de repetición solo a aquel alumnado que, a criterio del equipo docente, saldrá beneficiado por la misma en su desarrollo académico y personal. La repetición de curso ha demostrado que no es la solución para la mejora educativa, ¿por qué habría de serla ahora? Y en el resto de casos promocionar junto con su grupo clase para poder acometer, con el apoyo de sus compañeros-as, el nuevo curso con programas de apoyo que compensen las carencias de aprendizaje. Replantear, por ejemplo, un currículo por ámbitos (lingüístico humanístico, matemático científico, lenguas extranjeras…) facilitaría en secundaria la entrada de metodologías más activas y la aplicación de esas medidas de refuerzo ya que al disminuir el número de asignaturas (concentradas en ámbitos) los recursos personales del centro podrían reorganizarse para potenciar la docencia compartida, o disminuir significativamente las ratios en las aulas.

En resumidas cuentas, cuando la mayor parte del debate en los medios y los sectores educativos se centra en la calificación para determinar si el alumnado debe o no promocionar, nos olvidamos de que lo importante es aprender, y de que la evaluación (que es mucho más que calificar) está al servicio del aprendizaje y adquiere significado en la medida que sirve de guía para tomar decisiones de mejora, solucionar problemas y comprender los fenómenos que han intervenido en ese aprendizaje. La única evaluación útil es aquella que estimula y nutre los aprendizajes de todo el alumnado, sin segregar, sin dejar atrás a nadie; aquella evaluación que entiende que ningún niño o niña es solo un número.

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